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27 Julio 2005

Ayer Froid y yo, en el último momento, decidimos pasar de "El amor es lo que tiene" y pagamos entrada por la cosa esta de "La morada del miedo", el insulso y prescindible remake de la ya muy cutre "Terror en Amityville", estrenada en 1979, cuando yo aún era un tierno bebé sin gafas. Pues eso, que el remake es lo de siempre, pero al menos se agradece su ritmo frenético, que vaya al grano desde el minuto cinco y que los supuestos sustos se sucedan a vertiginosa velocidad a lo largo de su escasa hora y media de duración.
No sé si en 1979 esta historia de casa encantada resultó mínimamente novedosa o escalofriante, pero, a día de hoy, su forma de asustar al personal apesta a la legua. Por lo visto, este delirio fílmico parte de un hecho real: en 1974, en Amityville, un tal Ronnie DeFeo asesinó a sus padres y a sus cuatro hermanos mientras dormían, asegurando después que en su casa escuchó voces que le animaron a hacerlo. Un año más tarde, otra familia, los Lutz, compró la casa de la tragedia. Tras veintiocho días viviendo en ella, los Lutz huyeron por patas, pues afirmaron haber sido testigos de todo tipo de hechos inexplicables en la mansión: voces, apariciones, sangre que brotaba de las paredes... Vamos, los elementos habituales de un dulce hogar...
Aunque luego se demostró que los Lutz mintieron como bellacos para lucrarse, sus batallitas bastaron para poner en pie la citada peli de 1979, unas cuantas secuelas infumables y ahora este remake que nace a la sombra del éxito de otra actualizacion cinematográfica mucho más interesante al menos a nivel visual y formal, la de "La matanzas de Texas", que se estrenó el año pasado protagonizada por esa portentosa mujer llamada Jessica Biel. Que me voy por las ramas...
El susto fácil
Froid y yo comenzamos a ver "La morada del miedo" en plan cachondeo total, y con los dos primeros sustos nos descojonamos bastante. Al tercer susto, el cagón de Froid ya no se partió el culo. Vale, en el tercer susto la puta niña con agujero de bala en la frente ya acojona un poco, pero ¿cómo no va a acojonar? Vamos a ver, ya sabemos que es un hecho: a todos nos acojonan los niños putrefactos que aparecen caminando por ahí, pero el cine no debería aprovecharse tantísimo de esto, porque comienza a resultar bastante rastrero y cansino. Ya está bien, hombre. Que así hago pelis terroríficas hasta yo.
Es como en "La maldición" (la japonesa, no la de Wes Craven) y otros títulos recientes del muy endiosado terror asiático, que basan su "eficacia" en colocar en los rincones más recónditos de una casa a un niño feísimo y con la cara pintada de blanco. En el caso concreto de "La maldición", la película se estructura en torno a sucesivas apariciones inesperadas del niño espantoso: dentro del horno, debajo de las sábanas, detrás de las puertas... Cómo no va a acojonar eso... Y para dejar descansar al niño de vez en cuando, también tienen a una loca despeinada que baja las escaleras arrastrándose de forma lentísima y poniendo caretos. Señores, hay que currárselo un poco más.
Volviendo a Amityville, se supone que la niña putrefacta de "La morada del miedo" es la hermana pequeña de Ronnie DeFeo (con ese apellido no sé cómo en su pueblo no previeron la masacre). Se llama Jodie y su hermano le pegó un tiro en la frente (en la foto el agujero de bala está cubierto por su flequillo, qué coqueta ella), y la niña, que se ve que es el espíritu más ocioso de los que rondan por la mansión, es la primera en dar sustitos a los Lutz, mientras, de paso, se hace amiga de la hija pequeña del matrimonio recién llegado y provoca diálogos así de brillantes:
MADRE
¿Con quién hablas, cariño?
HIJA
Con la niña que vive en mi armario... Es mi amiga.
Y va la madre y le ríe la gracia... En fin, ya hay que tener tragaderas para hacerse amiga de la tal Jodie DeFeo, que va por la casa hecha unos zorros, pero la amistad es así, no entiende de higiene, de edades, de condiciones sexuales ni de agujeros de bala en la frente. La niña putrefacta se pasa un rato haciendo de las suyas, pero luego, cuando el guionista ya se cansa de ella, la peli opta por argucias de otra índole: moscas salvajes, gusanos, posesiones, vocecillas, más espíritus... Todo vale, bien acompañado por la correspondiente e imprescindible traca sonora.

Y, claro, no pueden faltar tampoco el cura plasta que aporta datos absurdos pero inquietantes, la visita a la biblioteca-hemeroteca para constatar que las cosas malas que ocurren en tu casa tienen una base que se remonta a siglos pasados y, cómo no, la muerte del perro, que en esta ocasión es más gratuita que nunca, ya que el perro muere y hasta ese momento ni siquiera sabíamos ¡que la familia tenía perro! Y luego hay que soportar que, en la secuencia siguiente, los niños no paren de preguntar por el perro Harry... Ya os podíais haber preocupado antes por el pobre Harry o haberle dejado aparecer al menos en un miserable plano...
La niña de la comba
Pero, bueno, tengo que decir que a mí estas películas con niñas putrefactas me tocan el corazón. Y es que en mi casa también habita el espíritu putrefacto de una niña asesinada... Todo comenzó hace dos años, cuando Oset ya no vivía en mi piso pero, en su cuarto, continuaban sus pertenencias y mucha de la mierda que había acumulado. Una noche, de repente, empecé a escuchar un ruido dentro de la habitación de Oset, que tenía la puerta cerrada. Era como el sonido de una cuerda gruesa golpeando el parqué: una vez, y otra, y otra... Como si alguien saltara a la comba dentro de la habitación...
Al día siguiente se lo conté a Pablo. "El espíritu de una niña salta a la comba por las noches en mi casa", comenté. Y así nació la niña de la comba, cuya personalidad fui enriqueciendo progresivamente con espeluznantes datos: que si viste un pantalón rosa con peto, que si está peinada con dos coletas a los lados, que si su propia madre la ahorcó con la cuerda de la comba en 1941...
El punto álgido de la paranoia tuvo lugar hace dos veranos, cuando, estando yo en Lanzarote, pedí a Pablo que una noche se acercara a mi piso de aquí de Madrid para coger unos certificados de las subvenciones de "Vuelco" que yo necesitaba con urgencia. Pablo me llamó cuando ya se encontraba en mi piso para preguntarme por la ubicación exacta de los certificados... Y entonces comenzó a escuchar algo... Dos minutos después, Pablo volvió a llamarme, pero ya desde la calle. Había huido despavoridamente de mi piso ante el acuciante sonido de una comba golpeando el parqué... Así se demostró que la niña de la comba odia a Pablo.
La coña (o la no coña) prosiguió durante mi convivencia con Sumaya. Como ella se acojonaba mogollón, yo mencionaba a la niña de la comba a menudo, y mientras Sumaya comía, con cuchillo y tenedor, su típico plato de frutas variadas, yo la torturaba con frases como "acabo de ver una sombra corriendo por el pasillo" o "¿no notas que alguien nos está mirando?". Una mañana, al despertarse, Sumaya se acercó con rostro descompuesto y me soltó: "No he podido dormir... No he parado de escuchar la comba".
Tanta tontería llegó a oídos de mi madre, que un día, ya harta, zanjó el asunto: "No quiero oír hablar de esa niña nunca más", dijo. Pero, mamá, si es una niña buena. ¿Qué culpa tiene ella de vagar, tan desorientada y putrefacta, por el mundo de los vivos? Ella sólo quiere jugar...
En cualquier caso, a mí la niña de la comba me cae bien y no quiero que se vaya de mi casa... Seguro que es muy mona ella, con la marca en el cuello de la cuerda que la asfixió, con su ropita rosa tan conjuntada...
Algo acaba de rozar mi brazo... Escucho una voz de niña camionera que me anima a introducir mi dedo índice entre las aspas en movimiento del ventilador...
"Deja de escribir ese diario inútil y mete el dedo... Mete el dedo en el ventilador..."
FUNDIDO A NEGRO
23 Julio 2005

A veces me siento especialmente inepto como director. "Bailad para mí" contó con un equipo técnico de cuatro personas: Carlos como cámara, Emilio como microfonista, Juan Carlos como director de fotografía y Píter ayudando en algunas movidas de producción y con el catering. En una coyuntura así de precaria, propia de mi inconsciente desequilibrio mental, me veo obligado a multiemplearme como productor, ayudante de dirección, director de arte, script, encargado de vestuario y yo qué sé cuántas cosas más.
Con la cabeza como un bombo, es más que fácil que se me vaya la pinza a la mínima, que mis despistes sean constantes y que, finalmente, en el proceso de montaje me tope con mil y una desagradables sorpresas. En "Bailad para mí", mi casa se convirtió en la casa de Leo, uno de los seis protagonistas del corto, interpretado por Luis de manera estremecedora. Grabamos secuencias en la sala de estar, en el baño y en la cocina, pero, desbordado por las circunstancias, apenas modifiqué nada de la (escasa y muy tosca) decoración de mi piso.
Víctima de mi caos multitarea, durante la grabación pasé por alto varios detalles con los que ahora no sé si reír o llorar. Uno de los que, en el fondo, más gracia me hacen es el que aparece en la imagen de arriba, perteneciente a una breve y supuestamente dramática secuencia que transcurre en el cuarto de baño y en la que Leo delira y cree ver a su madre en el rostro de Lola, interpretada por Rous. Fijaos en la esquina superior derecha del plano y veréis... ¡ese bonito bote de champú Revlon Flex! Claro, nada como el Revlon Flex para que Leo se lave cada día su abundante cabello...
El champú de la discordia
No, hijos, no, Revlon no me ha dado pasta para que promocione a la fuerza sus productos, así que sólo me queda preguntarme: ¿qué diablos hace ese champú ahí? No tengo ni idea, ni sé por qué no me fijé en él en su momento... Esta secuencia se grabó al final de la segunda y última jornada de rodaje, ya con muchas horas de cansancio en el cuerpo y con unas terribles ganas de terminar de una vez con la pesadilla... Pero lo peor es que no sé de quién es ese bote Revlon Flex, ni quién lo dejó ahí ni dónde está ahora, un año después. Yo puedo asegurar que nunca lo compraría (no por nada, compro marcas menos pijas) y que jamás lo he usado, pero sospecho firmemente que este estropicio argumental de "Bailad para mí" tiene una única culpable: Sumaya.
Cuando Sumaya se piró de mi casa a primera hora de una oscura mañana, con pierna derecha escayolada y todo, abandonó tras de sí diversos rastros de su presencia. Durante semanas encontré aquí y allá objetos pertenecientes a ella: comida que dejó en el frigorífico (repulsivas frutas y verduras con las que se empeñaba en impartirme lecciones diarias de nutrición y que, por supuesto, acabaron pudriéndose), un discman averiado (cuánta metáfora), elásticos de hacer coletas y, cómo no, infinitos pelos suyos desperdigados por la bañera, en el interior de revistas... Así que no hay duda: el bote de Revlon es otro resto del trágico naufragio, un claro boicot de Sumaya, conocedora de mi predilección por las secuencias grabadas en bañeras y dispuesta, por tanto, a extender el virus de su ausencia a lo largo y ancho de los fotogramas de mis cortometrajes...

Sumaya tenía que habérmelo advertido en su sms de despedida, ése que acababa con su ya mítico y lapidario consejo: "Despierta, desubicado". ¿Desubicado yo? Hay que ver lo que se inventa la gente... En fin, que si fuera una tía verdaderamente legal, en el mensaje tenía que haber escrito: "Despierta, desubicado. Y cuidado con el Revlon Flex que he dejado en la bañera, porque, a poco que te despistes, aparecerá en tu próximo corto y te joderá el plano".
Grecia en Vallecas o el mar de Madrid
Con bote de Revlon y todo, el pasado martes los seis actores de "Bailad para mí" (Ale, Rous, Iñaki, Luis, María Tasende y Bernardo) y yo vimos el corto en mi casa. También nos acompañó un acoplado: Jose, el chico de María. Como adelanté brevemente en la actualización anterior, nos reímos a gusto con el corto. A pesar del evidente dramatismo que intenta transmitir el noventa por ciento de los planos, es normal que a nosotros nos cueste enormemente ver la historia desde fuera y olvidar el buen rollo que reinó en la grabación, el cachondeo de las tomas falsas y el desastroso modo en que se materializaron algunas de las secuencias. En un segundo visionado, nos calmamos un poco, y creo que los actores fueron sinceros cuando se manifestaron orgullosos del resultado final de nuestro dramón de andar por casa.
Después, a eso de las doce de la noche, Rous, Ale, Jose, María, Luis y yo buscamos algún lugar cerca de mi casa para tomar algo. Acabamos en una extraña y poco estética terraza en los alrededores del Puente de Vallecas. Compartí un pringoso sandwich con Ale ("esta terraza sólo me sugiere... cosas con salsa rosa", dijo Ale tras tocar la pegajosa carta del menú), y María nos obsequió con algunas de sus habituales y trascendentales frases, como la siguiente: "No parece que estemos en Madrid, y menos en Vallecas; esto parece Grecia". ¿Mande? Esta frase casi supera a la que María pronunció el día en que la conocí en un poco inspirador Burger King: "Si Madrid tuviera mar, estaría en Atocha". Ya que me consta que la Tasende cuenta con una creciente legión de fans, aquí van tres capturas de su apabullante look en "Bailad para mí".

Ahora que lo pienso, ya sé cómo justificar la presencia del Revlon Flex dentro del contexto argumental de "Bailad para mí"... Durante los ensayos, cuando hablamos mucho del guión y de los personajes, acordamos que Willy, el personaje de Ale, es quien ha estado más cerca del terminal Leo; que Willy casi se ha mudado a casa de Leo para cuidarle en la recta final de su enfermedad...
Ya está: el Revlon Flex es de Willy; gracias a Revlon, Willy acondiciona y tonifica su cabello cada día y por eso sale así de monísimo en cada plano. Porque él también lo vale, aunque su mejor amigo esté a punto de estirar la pata. Ale, loco, ¿a que tú, al igual que tu personaje, te lavas tu apantojada melena con Revlon Flex? Di que sí, anda.
Por lo demás, ahora, de repente, no puedo evitar preguntarme si Sumaya seguirá usando Revlon Flex...
FUNDIDO A NEGRO
20 Julio 2005
Días de obligado silencio... Tras constantes apagones de cuajo, mi portátil decidió descansar en paz el pasado domingo. El lunes por la mañana ingresó en la unidad de cuidados intensivos de un vallecano taller de servicio técnico, donde aún permanece sin síntomas de mejoría. A estas alturas, ya es raro vivir sin internet, pero se me antoja más soportable de lo que imaginaba.
Escribo brevemente desde un cíber cercano a mi casa. Una hora, un euro. En la pared hay un gigantesco mapa de Ecuador. En el ordenador que está a mi lado, un chico con pinta de colombiano chatea con una muchacha a la que ve por webcam. Ella es guapa, de veintitantos años, muy morena de piel y con el pelo largo hasta los hombros. De reojo, percibo que los dos sonríen a menudo. Es evidente que flirtean, pero creo que la joven no está en España. Parece que es de noche en el lugar desde el que ella chatea. Ups, él acaba de darse cuenta de que miro demasiado a la chica de la webcam... Cambio de tema.
En la próxima secuencia (que escribiré, espero, ya desde mi ordenador), contaré mi reencuentro de anoche con los seis actores de "Bailad para mí": Rous, Ale, Luis, Iñaki, María y Bernardo. Vimos el corto todos juntos y nuestro pequeño dramón doméstico se transformó por un rato en una hilarante comedia. Durante el visionado, no pudimos evitar descojonarnos a gusto recordando tomas falsas y el caótico cachondeo imperante durante la grabación del corto hace ya un año.
Me piro. Mi hora se acaba. Creo que el colombiano también se está despidiendo de su chica. De pasada, he leído "mi amor" en su ventana del Messenger. Seguro que ha escrito "Te quiero, mi amor" o algo así. De repente, siento envidia. Yo también quiero escribir "Te quiero, mi amor" en una ventana de Messenger.
Voy a probar a escribirlo aquí: Te quiero, mi amor. Bueno, no es lo mismo, pero también mola... Qué cosas. Con la de veces que he tenido que escuchar que no soy nada romántico...
FUNDIDO A NEGRO
13 Julio 2005

El domingo pasado, Christian y yo fuimos gratis al teatro. Somos así de gorrones... Ale nos invitó a ver la obra "Zona de choque", que él está representando en el Teatro Muñoz Seca desde hace ya casi mes y medio. En la imagen de arriba, aparece el propio Ale en un extracto del cartel de la obra, que muestra a los cinco actores protagonistas a bordo de un coche (supuestamente) a punto de estamparse.
Lo reconozco: soy un nefasto, inculto y perezoso espectador de teatro. Estoy demasiado acostumbrado a tragar pelis de cualquier calaña, pero he disfrutado de muy pocas obras de teatro a lo largo de mi vida. Cuando voy al teatro (y sé que muchos querrán matarme por decir esto), me impresiona el hecho de contemplar interpretaciones tan desnudas y puras ante mis ojos, pero, al final, probablemente viciado por la apabullante parafernalia de elementos que se conjugan en una película, me cuesta sentir que he sido testigo de una experiencia emocional completa que me haya absorbido de manera integral, algo que sí he experimentado tropecientas veces en una sala de cine...
Nunca me he emocionado con una obra de teatro, por ejemplo, pero también soy consciente de que quizás no he elegido las obras adecuadas y de que me pierdo grandes maravillas por preferir meterme en UGC Ciné Cité a sufrir con... "Un canguro superduro" (gran filme según Froid).
En este caso, sí tenía mucha curiosidad por "Zona de choque", sobre todo por la posibilidad de ver de nuevo a Ale en acción sobre un escenario. "Zona de choque" es el título español de "Crumple zone", comedia agridulce de Buddy Thomas que se desarrolla en una sola localización, con cinco actores interpretando a cinco gays vinculados por lazos de amor, desamor, infidelidad y sexo en una gélida nochebuena neoyorquina.
Al principio, en la obra todo tiene pinta de frívola comedia petarda, con las habituales y previsibles dosis de plumas, histeria y promiscuidad que parecen irremediablemente asociadas (y me cansa comprobarlo una vez más) a cualquier historia de índole homosexual. Tendré que escribir yo el primer guión gay que huya de estas síntomas de identidad tan sesgados y generalizadores...
La cosa comenzó a gustarme más en su segunda mitad, cuando la frivolidad deja por fin entrever el dolor de varios de los personajes y el texto deriva hacia grandes y reconocibles temas, como el desasosegante descubrimiento de una infidelidad, el vacío que deja una ruptura, la impotencia de un amor no correspondido o, en definitiva, la agobiante espiral de desorientación sentimental en la que es tan fácil caer.
En medio de tanto vaivén, los actores cumplen con solvencia (en especial Ale, y no lo digo en absoluto porque sea mi amigo y curre con él), siempre navegando entre apuntes humorísticos que funcionan muy bien y momentos de intensidad dramática también muy logrados.
No tengo ni pajolera idea de coches, pero, por lo visto, el término crumple zone se refiere a una especie de sistema antichoque que incorporan algunos vehículos, mediante el cual, ante una colisión, el capó se repliega casi como un acordeón y absorbe la energía del impacto... Esta zona de choque es usada por uno de los personajes de la obra, Terry, como metáfora de ese salvavidas que necesitamos para encarar una ruptura, una relación equivocada o un insoportable sentimiento de desolación.
La zona de choque impide que tus sesos se estampen contra un muro y que tu corazón se resquebraje del todo. Te permite reaccionar y saltar del coche accidentado antes de que tu mundo se volatilice y ya no exista vuelta atrás...
Gilipollez crónica
A la salida del teatro, Christian y yo esperamos a Ale y los tres tomamos algo en una terraza de la Plaza del Carmen. Es guay hablar con Ale. Tiene veintidós años y parece dos vidas mayor que yo. Me siento un poco gilipollas cuando hablo con él, porque, como si no le costara esfuerzo alguno, irradia madurez, serenidad, equilibrio e inteligencia. A su lado, parezco el típico niño memo y balbuceante, con gafas y acné por si fuera poco, que da la brasa con lo de ser director de cine. Aquí aparece Ale en tres momentos de "Bailad para mí".

Últimamente, me siento gilipollas en general. Necesito que alguien me abofetee por decir tantas tonterías o por comportarme de forma tan incongruente. Me temo que me sobran voluntarios y voluntarias para saciar esta acuciante necesidad de que me crucen la cara...
Acabo por hoy con (más) autobombo. Ya está a la venta el número seis de la revista Travelling, en la que se incluyen dos artículos míos: uno titulado "Sobredosis de premios", en el que hablo sobre la utilidad real del hecho de triunfar con un corto multipremiado, y otro sobre mi venerada serie "Lost". Saludos a Xavi, redactor jefe de Travelling, que ha descubierto recientemente este delirante e inútil diario.

Por lo demás, creo que desde hace unos meses también necesito con urgencia mi propia zona de choque. O puede que, pensándolo mejor, lo que de verdad me convenga sea un eficaz y directo tratamiento de choque... ¿Alguna sugerencia?
FUNDIDO A NEGRO
10 Julio 2005

23:44 pm
Estoy con Rubén en una terraza de la Plaza de Olavide. Bebemos algo: yo (para variar) Coca Cola Light, él una clara. Un poco asqueados, comemos unas papas bravas cubiertas de mucha sal. "Nos las ponen tan saladas para que pidamos más bebida", comenta Rubén, que hoy se parece especialmente al John Malkovich de "En la línea de fuego".
CORTE A:
00:52 am
Un helado que chorrea... Ahora nos encontramos en la calle Luchana, junto a una heladería Palazzo. El helado me harta. Me han llenado el vaso con dos bolas realmente consistentes que no se acaban nunca. "Es raro verte fuera de tu barrio", me suelta Rubén, y por un momento me hace pensar en mi tendencia ermitaña de los últimos meses... o de los últimos años.
Esta noche se celebra el cumpleaños de Marta, pero no sé qué hacer. Aunque tengo ganas de felicitarla en persona, no me apetece dejarme engullir por su fiesta de porros y alcohol... Corre un viento fresco que me hace tiritar. De repente, en un diez de julio recién inaugurado, hace frío en el centro de Madrid.
CORTE A:
01:48 am
Le doy un toque a Pablo. Me llama. Me insiste mucho para que nos pasemos por la fiesta de cumpleaños de Marta. "Venid, que se está muy bien, es una fiesta perfecta, sólo hay quince personas", recalca. Le pido que me diga quiénes están, pero no se sabe el nombre de la mayoría...
Accedo a acercarme hasta su casa, pero le anuncio que no subiré y que sólo voy para que me preste el prometido dvd con el capítulo piloto de "Alias", serie de J.J. Abrams por la que ahora, tras mi flipante disfrute con "Lost", siento una enorme curiosidad. Rubén me acompaña hasta la calle Viriato.
CORTE A:
02:22 am
Rubén y yo esperamos en el portal del piso en el que viven Pablo, Marta, María y Belén. Dos chicas mulatas cruzan la calle y casi son atropelladas por un coche que conduce un tipo gordo y cincuentón. El tipo toca la bocina. Una de ellas grita: "¡Es un paso de peatones!" o algo así. El tipo cincuentón responde: "Cállate, negra de mierda". "¡Y tú español hijo de puta!, contraataca la chica. Rubén y yo alucinamos con la actitud del gordo cincuentón. Las chicas mulatas pasan a nuestro lado. "Perdonen ustedes", nos dicen.
Dos minutos después, aparece Pablo en el portal, pero no está solo. Ruy y la cumpleañera Marta también han bajado. Hablamos, bromeamos, grabo con mi cámara... Esto me resulta demasiado familiar. La conversación es como las que Ruy, Pablo, Marta y yo manteníamos hace un montón... Por un instante, parece que no ha pasado el tiempo desde aquel primer año en Madrid.

Marta, Pablo y Ruy insisten para que Rubén y yo subamos a la fiesta. Como soy un chico fácil y sin capacidad alguna de decisión, al final me dejo convencer.
CORTE A:
02:43 am
Pablo no sabe contar. En la fiesta hay más de quince personas, yo diría que casi treinta. Hay mucha gente de la escuela de cine NIC, en la que estudian interpretación Marta y Belén. En los primeros minutos, saludo a unos cuantos que se autopresentan. Casi todos están ya colocados y/o pedos. Al verme con la cámara en la mano, varios me preguntan si he venido para hacer el making of de la fiesta. Pues vale.

Conozco al fin a Mi, me reencuentro con Belén, hablo con un tío que asegura ser de Tenerife pero que no tiene nada de acento canario... Escucho que Marta va diciendo por ahí que cumple veinticinco, no veintisiete. Pobre. Yo me siento igual que ella.
Me topo con María tirada en el sofá, medio sobada, a solas consigo misma. Me cuenta sus planes de verano. "¿Y tú qué vas a hacer, te vas a Lanzarote?", me pregunta. "Ni idea, tengo algún plan, pero creo que todo se irá a la mierda", respondo.

CORTE A:
03:50 am
Rubén y yo estamos ahora en el cuarto de Pablo. A la situación ya delirante y surrealista se unen las canciones de Mercedes Ferrer y Amaral, con las que Pablo se empeña en torturarnos. En una de las paredes de la habitación, colgado con chinchetas, hay un dibujo que hice de Pablo. "Lo guardé porque en el dibujo estoy favorecido", explica él. Por más que lo intento, soy incapaz de recordar cuándo o dónde dibujé esa especie de retrato improvisado...
Ángel se acerca a mí y comienza a hablarme como si nada, como si no hiciera más de dos años que no nos dirigimos la palabra. Yo también hago como si nada. Hablamos de "Globos", de "Vuelco", de "La guerra de los mundos"... "Me alegro de que hayamos retomado el contacto", me dice Ángel después. "Yo nunca he tenido ningún problema contigo, el problema es tuyo, y sé que lo de Irene fue sólo una excusa", añade. Puede.
Y de repente, de pronto, alguien se acuerda de la polla de látex, que sigue escondida en una bolsa gigante, entre la ropa de invierno de Marta. Pablo y Marta rebuscan en la bolsa y, minutos después, la polla de látex reaparece en mi vida. Qué pesadilla. El (por así llamarlo) objeto se convierte por un rato en centro de miradas y comentarios. Todo el mundo quiere tocar la polla de látex. Belén la sostiene un rato entre sus manos, y no puedo evitar que su forma de sostenerla me recuerde a la manera en que los actores galardonados posan con el Oscar. And the polla de látex goes to...
"¿Todos tus amigos son actores o directores o hacen cortos?", me pregunta Rubén. Qué horror. La respuesta es sí.
CORTE A:
05:02 am
La gente comienza a abandonar la fiesta. Han acordado seguir con la juerga en un local de no sé dónde. Yo sólo quiero volver a casa. Me despido de algunos. Desde detrás, alguien me besa en la mejilla, pero no sé quién es.
Creo que María hace ya rato que duerme en su habitación, y Belén también se niega a continuar con la farra en otro lugar. Sólo quiere quedarse en casa y sobar. Le recomiendo que vea la tele un rato, que a estas horas es muy interesante.
Hablo con Belén de las míticas teletiendas nocturnas que emiten en Telecinco o Antena 3. Le digo que a mí me fascina la teletienda que anuncia un artilugio llamado Chef-O-Matic: una especie de cajón blanco en el que metes los ingredientes sin orden ni concierto y que, minutos después, expulsa un delicioso y estético almuerzo. "Para mí la mejor teletienda es la de la cama Restform", comenta Belén. Qué gran verdad. La teletienda de la cama Restform es insuperable.
CORTE A:
05:22 am
Ya en la calle, la gente se desperdiga. Pablo desaparece. Más despedidas... Ruy me abraza dos veces. Me alegro de haberle visto esta noche.
Pido un eurotaxi con el móvil y, mientras llega, informo a Rubén de ciertos datos básicos acerca de mi viciado grupo de amigos: Pablo y Ruy, Ángel e Irene... Rubén no entiende nada. Mejor para él. Es tarde para historias tan obsoletas...
Llega el taxi. Me despido de Rubén pero ni siquiera nos damos la mano. "Ya hablamos esta semana", dice. "Vale", respondo.
Subo al taxi y me fijo en Rubén través de la ventanilla. Está ahí, quieto, en la acera, mirándome. El taxi arranca... Hace tiempo que no me ocurría esto de regresar a casa con un nudo en la garganta.
FUNDIDO A NEGRO
07 Julio 2005

Dicen que con cada amigo haces cosas diferentes. Hay amigos para comentar pelis o ir al cine. Hay amigos para fumar porros y pillar pedos. Hay amigos con los que sólo chateas o sólo hablas por teléfono. Hay amigos con los que sufres y compartes las penas que siempre genera la producción de un cortometraje. Hay amigos a los que te vincula un algo muy concreto, ya sea tu devoción por la música de John Williams, el hecho de que ambos tengáis acné o una innata animadversión hacia la lechuga... Si yo necesitara un amigo con el que suicidarme, ése sería Froid. Estoy seguro de que él sabría cómo hacerlo de la forma más cinematográfica posible.
Era difícil, pero creo que en Froid he encontrado a alguien que me supera en niveles de pesimismo, apatía, desencanto... A veces hasta alardea de una extraña cicatriz en su muñeca izquierda. Asegura que la cicatriz se debe a que se cortó las venas a los catorce años, en la víspera de su décimo quinto cumpleaños, pero que el asunto no salió bien y acabó cumpliendo los quince en una habitación de hospital. Yo no termino de creérmelo. No sé si bromea o dice la verdad, o si dice la verdad bromeando. A ver si consigo que se deje fotografiar la cicatriz.
Vídeos pornos y papas fritas
Froid me regaló ayer el libro "Error humano", una recopilación de mini-ensayos o vivencias de Chuck Palahniuk. Froid dice que yo soy como un personaje de Palahniuk. En la contraportada del libro, se citan unas palabras del escritor Alberto Fuguet: "Chuck Palahniuk es ver vídeos pornos y comer papas fritas en lugar de masturbarse. Es pagar con tu tarjeta Visa y no tener a nadie a quien llamar después. Palahniuk es la voz que eyacula la psiquis del American almost-psycho, del adicto a la adicción, del tipo que no necesita matar porque ya está muerto".
Hasta anoche, yo no había leído nada de este escritor. Mi único contacto con su literatura se limitaba a la genial adaptación cinematográfica de su obra más famosa, "El club de la lucha" (sí, me mola el cine de David Fincher). Froid sí que me ha hablado mucho de Palahniuk, sobre todo de su novela "Asfixia", una de sus favoritas, y de su protagonista: un tipo que finge asfixiarse con trozos de comida en los restaurantes. Froid fingió asfixiarse un día en el Pans & Company de UGC Ciné Cité con un trozo de bocata de lomo, pero nadie intentó salvarle...
Anoche, antes de dormirme, leí las dos primeras crónicas de "Error humano": una sobre el desfase sexual que se vive en el Festival del Testículo de Montana y otra sobre las descarnadas competiciones de lucha en Iowa. Aún no sé a qué se refiere Froid con eso de que yo soy como un personaje de Palahniuk. Tendré que leer las novelas para averiguarlo.
De momento, me quedo con mi amistad terminal con Froid, con nuestra capacidad para divertirnos engulliendo telebasura o pagando entrada por cosas tan previsiblemente insufribles como "Dirty Dancing 2" o "El escondite". Alguna vez, sin querer, erramos el tiro y nos topamos con una peli decente. Ayer no fue el caso: vimos la cansina "No sos vos, soy yo" (segundo filme argentino que Froid se traga tras "El hijo de Avelladena"; ver Secuencia 25), y nuestra próxima apuesta promete: "El amor es lo que tiene", la de Ashton Kutcher y Amanda Peet.
Hablando de buenas películas, Froid sigue sin prestarme "Kelly la empollona", ese vídeo porno que, según él, no es de género porno sino un dramón universitario en toda regla. "Kelly hace lo que hace simplemente porque es una víctima del sistema estudiantil americano", dice Froid. Pobre Kelly... Ardo en deseos de conocer su odisea por convertirse en una mujer licenciada y autosuficiente.
Vómitos sexuales
Aún no sé qué tipo de amigos son Ale o Christian, pero imagino que son de ésos que se engloban en varias categorías simultáneamente. El martes por la tarde, ellos y yo pasamos un agradable rato en mi vallecano hogar. No sé cómo, pero, entre conversación profunda y conversación profunda, el cine porno se transformó de nuevo en recurrente metáfora.
Haciendo memoria y retrotrayéndonos a nuestras tiernas y curiosas infancias, Ale nos habló de un subgénero desconocido por mí: ése en el que las chicas vomitan mientras realizan felaciones... Qué cosas. Y yo creía haberlo visto todo... Aquí abajo aparecen Ale y Christian en la calle, en una foto (para variar) tomada a traición.

Voy a continuar con la lectura de "Error humano", aunque hasta la página 227 no llegará mi crónica más esperada, la que se titula "El potenciador labial" y en la que Palahniuk detalla los métodos de Brad Pitt para resaltar sus labios durante el rodaje de "El club de la lucha"... Sin comentarios.
FUNDIDO A NEGRO
03 Julio 2005

Días de lío. Días de desgana... Ya estoy de vuelta en Madrid, con el cerebro más empanado de lo habitual gracias a los bochornosos treinta y cinco grados de media de temperatura. En la imagen de arriba, la desenfocada figura de Irene en el Centro Comercial Deiland en Playa Honda. Saqué la foto (o el amago de ella) el pasado viernes, mi último día en Lanzarote antes de regresar a la jungla madrileña.
Irene y yo fuimos a ver "La guerra de los mundos", lo nuevo de Spielberg, que yo esperaba como agua de mayo desde el día en que comenzó su preproducción, como siempre me ocurre con el cine del genio Steven. A pesar de mi reciente tirria hacia Tom Cruise, disfruté mucho con la peli, con su vertiente salvaje y terrorífica, con la siempre apabullante y muy precisa forma de planificar de Spielberg, con los juegos de luces y los colores desaturados de Kaminski, con el nervio que desprende el montaje de principio a fin...
No compartí determinados giros de guión (eso que ocurre en el segundo sótano en el que se refugian el desastroso Ray y su adorada hija Rachel, por ejemplo) y detesté a la horrible actriz que interpreta, por suerte de manera breve, a esa caricaturesca reportera con la que Cruise se topa tras pasar la noche en la casa vacía de su ex-mujer. Hablando de detestar, creo que nunca he hablado en estas líneas del repelús que me produce Dakota Fanning, esa niña prodigio del nuevo cine de Hollywood que tiene once años y se comporta como si tuviera cuarenta y cinco y medio (con menopausia incluida). Entre Cruise y Dakota, esta peli de Spielberg amenazaba con resultarme especialmente indigesta.
Pues bien, he de reconocer que, contra todo pronóstico, no me ha costado gran esfuerzo soportar a la repelente niña de "Yo soy Sam", ya que Steven la convierte, en la medida de lo posible, en una continuación de la entrañable Gertie (Drew Barrymore) de "E.T. el extraterrestre", con más edad y peor gusto en el vestuario, eso sí. Dakota, además, y a pesar de ella misma, protagoniza mi secuencia favorita de "La guerra de los mundos": ésa en la que la niña se dispone a mear detrás de un árbol y se encuentra con un río poco propicio para aliviar el esfínter... Dakota, eso te pasa por meona. Y ya estás tardando en darte al ron y meterte coca, como hizo Drew en su día.
Aún así, para recuperar mi repelús hacia esta envejecida chiquilla, sólo he tenido que volver a ver el trailer de "Dreamer", sucedáneo de "Seabiscuit" que se estrenará próximamente y en el que la Fanning pone pucheritos y quiebra la voz en plan Meryl Streep en una mañana de resaca. Lo que hay que ver... Niña, ponte a jugar con la Barbie Hollywood y deja de torturarnos.
El regreso de los mallrats
Irene no entendió el final de "La guerra de los mundos" (siendo así víctima del "síndrome frequency", inaugurado por Sumaya cuando ella, Nauzet y yo fuimos a ver "Frequency" y Sumaya no entendió ni jota del argumento), así que aquí la vemos (jeje) buscando respuestas en los títulos de crédito de la película e intentando averiguar cómo es que al final palman los bichos malos.

A la salida del cine, fuimos a tomar un helado y, por un rato, Irene y yo nos transformamos de nuevo en aquellos viejos mallrats, siempre dispuestos a pasar largas horas de un lado a otro del centro comercial, enfrentándonos a desagradables encuentros, ascensores estropeados y furtivas escapadas a través de los sótanos para aparcamientos.
La sala en la que vimos "La guerra de los mundos" el viernes fue la misma sala en la que veinticuatro horas antes se proyectó "Vuelco". Compartí proyector con Spielberg... Es lo más cerca que hemos estado él y yo jamás... Aish.
Más vuelcos
Tras el autobombo de varias entrevistas en distintos medios conejeros, el estreno de "Vuelco" en Lanzarote resultó rutinario pero igual de gratificante que el de Tenerife o Las Palmas. Nacho, Paloma y yo nos hemos acostumbrado a decir más o menos lo mismo en la presentación del corto, así que ya somos un poco cansinos. Y aún nos queda Madrid y lo que nos echen... A ver si nos renovamos.
Entre el público de Lanzarote, algunos políticos isleños y muchos reencuentros: profesoras de mi instituto, parientes cercanos y lejanos, amigas y compañeros de trabajo de mi madre y hermana, Sumaya, Germán... Del equipo de "Vuelco" nos acompañaron Ana, Mengue, Floro y David.
Me asustaba el público lanzaroteño. Mucha gente estaba allí viendo el primer corto de su vida, pero las reacciones fueron emotivas y muy de agradecer. Menos mal. Después de la proyección de "Vuelco" y del making of, tocó sobredosis de vida social en un cóctel en La Terraza del mismo centro comercial. Y tras el cóctel, sufrimos un angustioso empacho en una arepera colombiana de Playa Honda. Allí la gente empezó a pedir comida y casi no lo contamos... Faltó poco para que protagonizáramos una orgía de potas a las dos de la madrugada. Muy divertido todo.
Qué pereza me ha dado contar esto del estreno y de las potenciales potas. Se ha notado, ¿no? Este ventilador ya no surte efecto. Creo que en verano será mejor que me dedique a escribir telegramas como el del otro día...
En la próxima secuencia: Christian en Madrid, tarde de domingo "Esperando a Godot", cartas incompletas, paralelismos entre mi vida y la de Concha Velasco, Píter y Carlos en Zamora, Alberto y su prima concursante de "Operación triunfo", una salida del armario, embarazos no deseados, amores secretos del pasado... No digáis que no sé enganchar a mi audiencia.
Definitivamente, necesito aire acondicionado.
FUNDIDO A NEGRO

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